Rúbrica por Aurelio Contreras Moreno

Morena y otras ingenuidades

Así como su discurso justiciero y exaltador de la honestidad representa una de las mayores fortalezas de Andrés Manuel López Obrador frente a sus seguidores, al mismo tiempo ha sido desde hace años su “talón de Aquiles”.

Desde los tiempos del “bejaranazo”, la exhibición de colaboradores suyos captados en actos de corrupción de lo más burdo, ha sido fuente de cuestionamientos válidos sobre la pretendida honestidad “a toda prueba” del dos veces candidato presidencial y sólido aspirante a una tercera oportunidad en 2018, quien siempre alega que él no está enterado de nada.

El caso de Eva Cadena es muestra palpable de la manera como el lopezobradorismo ha escurrido el bulto y evadido sus propias culpas en los escándalos de corrupción que lo han envuelto por años.

Envuelto en la bandera del complot eterno, Andrés Manuel y sus capellanes se deslindaron de inmediato de quien ya era la candidata de Morena a la presidencia municipal de Las Choapas, como si hubiera llegado de otro continente y no tuvieran la menor idea de sus antecedentes panistas, que ahora sí enfatizan, pero que omitieron cuando la hicieron candidata a diputada local el año pasado.

Tras difundirse el video en el que aparece recibiendo dinero para presuntamente entregarlo a López Obrador, Eva Cadena fue satanizada por los mismos dirigentes que la llevaron a ese partido, quienes en un juicio sumarísimo “fast track” le retiraron la candidatura a la alcaldía y decretaron su expulsión de la bancada de Morena en la LXIV Legislatura del Estado, con lo cual, de facto, aceptaron que su representante incurrió en un acto de deshonestidad que podría también ser constitutivo de delitos.

Empero, y de manera un tanto esquizofrénica, López Obrador y la alta jerarquía de Morena a nivel nacional y local han repetido la cantaleta del complot en su contra y en un desplante de cursilería y megalomanía, el líder de ese partido se comparó con el poeta Salvador Díaz Mirón citando el verso de las aves que atraviesan el pantano sin manchar su plumaje, pero sin hacer la más mínima autocrítica.

Porque en lugar de aceptar que ese partido, como cualquier otro, está integrado por seres humanos que pueden ser falibles, corruptibles, y no por “santos mártires”, como se venden ante el electorado, Andrés Manuel López Obrador se regodeó en el discurso del “miedo” que la “mafia del poder” tiene de que gane la elección presidencial del año entrante y señaló a varios responsables de la filtración del video. Como si eso fuera lo reprobable y no el hecho de que una candidata de Morena recibiera una fuerte suma de dinero de manera irregular.

“Le pusieron un cuatro”, farfulló López Obrador. “Fui ingenua”, justificó Eva Cadena. Lo único cierto es que hubo corrupción de por medio, de la que todos los implicados pretenden zafarse en el entendido de que “si te vi, ni me acuerdo”.

Pero en política, y más a esos niveles, no hay ingenuidades. Y ha sido el propio López Obrador quien ha ofrecido la “redención” y el “perdón” a todos los políticos que se unan a su causa, sin importar su pasado, por oscuro que sea. Para muestra, su amigo Manuel Bartlett, quien llego al Senado gracias a su apoyo.

Aunque lo que sí es verdaderamente a toda prueba es la fe -no se le puede llamar de otra manera- de los seguidores de López Obrador, que los lleva a desestimar por default cualquier señalamiento contra su líder así la evidencia, al menos de su incongruencia, sea avasalladora.

Lo mejor es que las campañas en Veracruz ni siquiera han empezado. ¿Qué otro “ingenuo” aparecerá exhibido en los días por venir?

Email: aureliocontreras@gmail.com

Twitter: @yeyocontreras

La imagen de Javier Duarte tirado en el piso de la camioneta que lo trasladó de la prisión en la que está recluido en Guatemala al Quinto Tribunal de Sentencia Penal de aquel país, simboliza perfectamente en lo que vino a parar no sólo él mismo, sino lo que representa, vital y políticamente.

Humillado, desvalido, abandonado por su familia y sus “amigos” –nadie lo acompaña en Guatemala y nadie lo hará cuando sea extraditado a México-, Javier Duarte se enfrenta a la posibilidad de ser sentenciado a una pena de hasta 55 años de prisión, por el tipo de delitos que se le imputan: delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

Falta ver que de verdad se le condene a una sentencia de tal magnitud, lo que marcaría un parteaguas en la historia de México, en donde nunca jamás se ha castigado a un político de la jerarquía de un gobernador por actos de corrupción a esos niveles.

Sobran motivos para ser escéptico. Para empezar, y habrá que reiterarlo las veces que sean necesarias, si se procedió en contra de Javier Duarte es porque cometió un error imperdonable para el sistema: perder. Si el PRI hubiera ganado la elección de gobernador del año pasado en Veracruz, su suerte sería otra. La de la impunidad absoluta que cubre a la clase política mexicana.

En el recuento del régimen de las pérdidas y los daños, Javier Duarte de Ochoa se convirtió en la pieza sacrificable, en un recurso desesperado para intentar rescatar lo que queda del proyecto de poder priista que ganó la Presidencia en 2012 y que entonces se auguraba se sostendría en Los Pinos al menos unos 24 años. Apenas poco más de cinco años después, ha experimentado tal nivel de desgaste que lo más seguro, de mantenerse la tendencia actual, es que no pase de un sexenio. La corrupción y degradación del duartismo aceleró ese proceso.

La inexperiencia, inmadurez, frivolidad y franca tendencia a la criminalidad de Duarte y sus cómplices los hicieron engolosinarse a tal grado con el poder y sus mieles, que se creyeron intocables, indestructibles. Su brutal soberbia no les permitió ver, hasta que ya era muy tarde para ellos, que el juego había terminado y lo habían perdido.

Las teorías que juran que la entrega de Javier Duarte a las autoridades fue pactada para garantizar impunidad a sus familiares, principalmente a su esposa Karime Macías Tubilla, aún si fueran verdaderas, no cambian un hecho sustancial: el ex gobernador está en la cárcel y, al menos hasta ahora, no se ve que goce de privilegio alguno.

Además, y con todo y que se les permitió huir, sus familiares cargarán con el estigma de la corrupción para el resto de sus días. Los tres hijos de Javier Duarte y Karime Macías vivirán con la vergüenza de que a sus padres se les tache y se les recuerde por donde quiera que vayan como el símbolo de la más asquerosa corrupción, que no solamente significó saquear al estado de Veracruz, sino sumir a sus habitantes en una espiral de pobreza, muerte y violencia.

Ni todo el dinero que puedan haberse llevado los familiares y cómplices de Duarte –y que falta ver que los dejen quedárselo- podrá hacer sanar esa llaga purulenta, cuyo hedor los convirtió en apestados eternos.

De verdad, ¿valió la pena, Javier?

 

Email: aureliocontreras@gmail.com

Twitter: @yeyocontreras

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